Ella era una chica con el corazón destrozado, que había perdido confianza
tanto en los demás como en ella misma. Pero nunca dejó de ser una
chica risueña a la que le encantaba divertir y ayudar a los demás.
Él era un chico con el corazón hecho trizas, incapaz de sentir nada por nadie
más. Era solitario, autosuficiente y caballeroso como pocos quedan.
Y algunos le odiaban y envidiaban, pero muchos otros le admiraban y respetaban.
Se conocieron una tarde de primavera. Entre tantos colores, destacaba un
misterioso caballero de oscura armadura. Ella sujetaba un ramo de margaritas
que acababa de recoger por el camino y, al quedarse mirándole,
algunas se las llevó el viento, dejando maltrecho el ramo que había
conseguido. Él, tan amable como siempre, no dudó en recogerlas, evitando
perder más que un par. Se las volvió a ofrecer pero guardó una para
ponérsela a ella en el pelo. Y fue desde ese momento en el que empezaron
a conversar y construir una bonita amistad.
Quizás las cosas fluyeran de forma diferente para ellos dos. Cada uno tenía
su pasado y eso les impedía prosperar como sus corazones más deseaban.
A pesar de todo lo sufrido, veían el uno en el otro cuán distintas podían
ser las cosas si se unieran, si recompusieran sus corazones con
ayuda del otro. Pero por miedo, entre otras cosas, ninguno logró llegar
tan lejos como hubieran podido.
Aun así, nada pudo callar el corazón de la chica
aquel día y, tras buscar la solitaria mirada
de su amado caballero, le dedicó una
dulce sonrisa tan típica suya y le acarició
la mejilla, susurrándole:
"Yo te protegeré..."
Pero su expresión parecía no creer sus
sinceras y decididas palabras...
"¿Acaso no me crees
cuando te digo que te
protegeré hasta
el fin de mis días...?"
Él era fuerte, valiente y no solía necesitar ayuda alguna.
Él era siempre el héroe, así que, aquel día, solo
asintió para agradar a su amada, pero seguía
convencido de que era él quien debía luchar.
Meses más tarde, el caballero
de armadura oscura andaba
por su usual sendero regreso a casa.
Para su sorpresa, su amada estaba
tendida en el suelo, envuelta en
margaritas. Así la habían dejado
aquellas mujeres que aceptaron su
trato:
"Podéis llevaros mi vida si eso os tranquiliza.
Podréis alcanzar su corazón sin que alguien como
yo os lo impida. Pero a cambio pido que le libréis
de vuestros hermanos, pues sé que planeaban matarlo
por odio y envidia."
Él no daba crédito a lo que sus
ojos le mostraban, pero así era.
Se maldijo por tomar tan a la
ligera sus palabras... y jamás se lo pudo perdonar.
"¿Acaso no me crees
cuando te digo que te
protegeré hasta
el fin de mis días...?"

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