1.
Lluvia. “Mei llegará de un momento a otro”. A la pequeña Mei le habían puesto un trabajo que, para ella, no era precisamente fácil. Todavía estaba en primero de carrera y yo ya estaba en el último año. Sonó el timbre. Por fin. Qué guapa...
Nos espera una larga tarde trabajando.
- ¡No puedo más! Este trabajo es agotador... –dijo ella tras suspirar, con expresión cansada. Entonces me miró.
- ¿Descansamos? –Mi sonrisa no era solo una sonrisa cómplice, escondía algo más, y ella se hubiera dado cuenta cuando la estudié de arriba abajo si no fuera porque miró por la ventana.
Asintió y gateó hasta la ventana para ver la lluvia caer. “¡Qué día tan feo...!”. No pude resistirme a acercarme por detrás, siguiendo sus pasos al gatear, terminando por abrazarla por la espalda y apoyar mi mentón en su hombro. Su aroma... es embriagador, dulce y... delicioso. Cerré los ojos. “Animémoslo”. Aparté su melena para poder sentir el calor de su piel sobre mis labios con más comodidad y la fui besando por el cuello. Sus suspiros me invitaron a seguir y no tardé en hacer que mi mano explorara la suavidad de sus curvas, subiendo hasta uno de sus pechos.
- Eres preciosa, ¿nunca te lo dije...?
- Me lo has dicho miles de veces... –Pude notar que se le esbozaba una pequeña sonrisa y luego giró su cabeza. Parecía buscar algo, con cierta impaciencia. Le concedí un beso. Solo uno. Me encanta cuando desespera por más... Y frente a mí se mordió el labio inferior de una forma tan sensual que me resultó imposible detener mi impulso de dirigir mi otra mano a su cintura, dejándola bajar por su vientre y colándola con sutileza bajo su ropa. Mi pulso se aceleraba y mi respiración no quería disimularlo.
2.
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2.
Pero algo en mi cabeza hizo “clic”. Mei siempre fue como mi hermana pequeña. Con mucho cuidado, fui retirando mis manos de su cuerpo y me fui separando. Me levanté con una amable sonrisa para no preocuparla. Avancé unos pasos hasta la mesa donde estuvimos trabajando hasta ahora y ella me siguió.
- ¿Qué ocurre ahora, Less? –inquirió. Su tono no era precisamente alegre.
- Que debes terminar tu trabajo o no te ayudaré más –no quería parecer estricta, por lo que lo dije con suavidad.
- Pero... –me pareció que se había girado hacia la ventana.
- Vamos, luego hablamos.
Con cara de fastidio, se resignó y se sentó frente a mí, poniendo enfado en cada uno de sus gestos. Hice caso omiso a sus intentos de llamar mi atención y, una hora más tarde, alcé la vista para mirarla.
- ¿Cómo lo llevas?
- Me quedan diez minutos, ya termino –En su tono de voz pude notar cierta chispa de ilusión.
- Bueno. ¿Puedes preparar té? Luego te ayudo a terminar lo que te queda, así descansas de nuevo.
Qué linda sonrisa la suya. Y me dedicó una a mí, solo para mí, mientras se iba a la cocina. Bajé la mirada a mi cuaderno para disimular mi tonta expresión y, una vez salió del salón, miré hacia la puerta. En silencio, me levanté y la seguí. Esperé a que estuviera de espaldas para que no me descubriera y me acerqué de nuevo para pillarla por sorpresa. Pero esta vez no la abracé. Tomé sus manos con decisión e hice que las apoyara en el fregadero cuando llenaba la tetera. Estábamos muy juntas, sentía su calor. Volví a acercarme a su cuello para embriagarme por aquel dulce olor suyo y seguí con mi cometido. Sobre el dorso de ambas manos le coloqué los vasos con hielo que ella estaba preparando y cogí la tetera para llenarlos de agua.
- No los vuelques... –Una sonrisita pícara acompañó mis sinuosas palabras y mi lengua humedeció mis labios para después dar un beso en su hombro.
3.
De reojo pude ver cómo en su rostro había una expresión entre sorprendida y divertida, y noté cómo se inclinaba ligeramente pareciendo querer acortar lo que nos separaba. Mis manos acariciaron su silueta con mucha delicadeza, descendiendo primero para volver a subir luego y pararme en sus pechos.
- P-pensé que ya no te gustaba... –Logró decir Mei en un tono muy suave.
- ¿Qué tontería es esa?
¿Cómo no iba a gustarme ella? Es mi sueño, es todo lo que aspiro tener. E intenté demostrarlo en cada caricia, en cada gesto, buscando aquellos dulces soniditos procedentes de sus labios. Hice que se inclinara un poco más y, con una de mis piernas, también hice que separara un poco más las suyas. Las caricias fueron bajando por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, donde se volvieron todavía más gentiles.
- Sabes que no necesitas cortarte conmigo, Less...
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De reojo pude ver cómo en su rostro había una expresión entre sorprendida y divertida, y noté cómo se inclinaba ligeramente pareciendo querer acortar lo que nos separaba. Mis manos acariciaron su silueta con mucha delicadeza, descendiendo primero para volver a subir luego y pararme en sus pechos.
- P-pensé que ya no te gustaba... –Logró decir Mei en un tono muy suave.
- ¿Qué tontería es esa?
¿Cómo no iba a gustarme ella? Es mi sueño, es todo lo que aspiro tener. E intenté demostrarlo en cada caricia, en cada gesto, buscando aquellos dulces soniditos procedentes de sus labios. Hice que se inclinara un poco más y, con una de mis piernas, también hice que separara un poco más las suyas. Las caricias fueron bajando por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, donde se volvieron todavía más gentiles.
- Sabes que no necesitas cortarte conmigo, Less...
No pude evitar soltar una leve risita antes de buscar su mejilla para darle un tierno beso y susurré un “Shh...” para callarla. Por su otra mejilla posé mi mano, acariciándola con las yemas de los dedos y acercándome a sus labios, los cuales repasé con el índice. Justo cuando los separó para suspirar por todo el conjunto de caricias, aproveché para humedecer mi índice a su costa. Su lengua jugueteaba con mi dedo con bastante sensualidad y lo bañaba en su saliva. Mientras, no cesé las caricias con la otra mano, que terminé colando bajo su ropa interior. A esas alturas ya pude notar que estaba bastante excitada. Retiré mi dedo de su boca para hacer que me besara, esta vez con menos cariño y con más ganas. Aproveché el momento para terminar de culminar metiendo uno de mis dedos. Mei soltó un gemido en mis labios y no pudo controlar su impulso, tirando los vasos al suelo y derramándolo todo. Su cara, su dulce rostro ahora tenía una expresión de gozo que me hacía estremecer a mí también. Pude ver ese leve sonrojo en sus mejillas seguido de una mirada tremendamente dócil.
En momentos así no cabía duda: ella era mía.
En momentos así no cabía duda: ella era mía.
