[...]
—Todos creen que estás muerto.
— No lo entiendes, ¿verdad? —Kote sacudió la cabeza, entre divertido y exasperado—. De eso se trata. Cuando estás muerto, nadie te busca. Los viejos enemigos no intentan ajustar cuentas contigo. La gente no te busca para que le narres historias —concluyó con mordacidad.
Cronista no se rendía.
—Según otros, eres un mito.
—Sí, soy un mito —afirmó Kote con soltura, haciendo un gesto extravagante—. Un mito muy especial que se crea a sí mismo. Las mejores mentiras sobre mí son las que yo mismo he contado.
—Dicen que nunca has existido —le corrigió Cronista con delicadeza.
Kote se encogió de hombros, y su sonrisa se apagó un poco.
Cronista, al detectar un atisbo de debilidad, continuó:
—Algunas historias te retratan como poco más que un asesino sorprendido in fraganti.
—También soy eso. —Kote se dio la vuelta y se puso a limpiar el mostrador de detrás de la barra. Volvió a encogerse de hombros, pero sin tanta indiferencia-. He matado a hombres y a seres que eran más que hombres. Y todos se lo habían ganado.
Cronista sacudió lentamente la cabeza.
—Las historias te llaman “asesino”, no “héroe”. Kvothe el Arcano y Kvothe el Asesino de Reyes son dos personajes muy diferentes.
Kote dejó de limpiar el mostrador y se volvió hacia el escribano. Asintió sin levantar la cabeza.
—Algunos incluso dicen que hay un nuevo Chandrian. Un nuevo terror en la noche. Tiene el pelo tan rojo como la sangre que derrama.
[…]
—Dicen que hubo una mujer…
—¿Qué saben ellos? —dijo Kote con una voz cortante como una sierra—. ¿Qué saben ellos de lo que pasó? —Hablaba en voz tan baja que Cronista tuvo que contener la respiración para oírlo.
—Dicen que esa mujer… —De pronto, las palabras de Cronista se atascaron en su garganta reseca, y se produjo un silencio artificial en la habitación. Kote estaba de espaldas, inmóvil, y apretaba la mandíbula. Su mano derecha, envuelta en un trapo blanco y limpio, se cerró lentamente formando un puño.
A unos dos palmos de distancia se rompió una botella. El olor a fresas llenó la taberna junto con el sonido de cristales rotos. Fue un ruido pequeño dentro de una quietud enorme, pero fue suficiente. Suficiente para romper el silencio en pequeñas y afiladas esquirlas. Cronista se quedó helado al comprender, de pronto, lo peligroso que era el juego al que estaba jugando. “De modo que esa es la diferencia entre contar una historia y estar dentro de una historia —pensó como atontado—: el miedo.”
Kote se dio la vuelta.
—¿Qué sabrán ellos de esa mujer? —preguntó en voz baja. Al ver la cara de Kote, a Cronista se le cortó la respiración. La expresión plácida del posadero era como una máscara destrozada. El semblante que había debajo de esa máscara reflejaba una profunda angustia; sus ojos estaban en este mundo y en otro, recordando.
Cronista pensó, sin proponérselo, en una historia que había oído. Una de tantas. Era el relato de cómo Kvothe había perseguido el deseo de su corazón. Tuvo que engañar a un demonio para conseguirlo. Pero una vez conseguido, tuvo que pelear con un ángel para conservarlo. “Es cierto —pensó Cronista—. Antes solo era una historia, pero ahora puedo creer en ella. Esta es la cara de un hombre que ha matado a un ángel.”
Págs. 69~71. El nombre del viento. Patrick Rothfuss.