jueves, 16 de febrero de 2012

Una caja y mil sonrisas.

Había constantes altibajos en todo lo que a ambos refería. Su corazón era como una bomba y, cuanto más tiempo pasaba, más cerca estaba de explotar. Hoy sí, mañana no. Él seguía en silencio y ella se moría por hablar, por lanzarse a sus brazos, pero si lo hacía todo se echaría a perder. Las miradas se rehuían, las palabras eran mudas y el silencio era frío. Él parecía estar a gusto con ese frío y esa calma, pero algo me dice que se estaba esforzando para que le gustara estar así. Ella no, no podía encontrar comodidad en aquella situación, y lo comprendo. 
Los minutos, las horas, los días pasaban manteniendo esa tónica silenciosa. Pero recordemos que su corazón era como una bomba, el de ella… y explotó con el tiempo, soltando de una vez todas las palabras que no quiso soltar antes por miedo a fastidiarlo todo. Eso le alteró, y surgían discusiones aparentemente definitivas. 
Esto ocurría cada cierto tiempo, pero tomó una decisión, como él hizo en su momento. Le dolía pensarlo siquiera, pero estaba decidida. Fue a buscar una cajita donde guardar sus sentimientos, sus lágrimas, sus palabras, sus suspiros, sus miradas y sus ganas de él. Sus sonrisas se encaminaron solas hacia la caja, pero ella no las dejó entrar y las mantuvo consigo a toda costa. Cerró esa caja y la escondió bajo su cama para poder ir a decirle adiós con una de las sonrisas que había guardado para ella. 
Como era de esperar, no fue agradable para ninguno de los dos. 
Al final del día, cuando todo termina y es hora de descansar, ella abre la caja y deja que todo fluya. No es agradable que todo eso vuelva tras haber dicho adiós, pero es lo único que le queda en ese momento, es lo único que le apetece hacer. Y, antes de que amanezca, ella vuelve a guardarlo todo y mantiene el secreto… hasta que vuelva a anochecer.

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